sábado, 30 de abril de 2011

La Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. La influencia del Sistema Internacional en el proceso de formación de una nueva nación.


Una tarea para la clase de Teoría de las Relaciones Internacionales:

Este ensayo podría pecar de cometer “darwinismo internacional” con el punto que intentará dilucidar. Podría incluso ser tachado de parcial y subjetivo, de ver la historia desde el punto de vista de un Estado en particular. Pero de lo que no se le podrá acusar, es de no tener por lo menos una lógica argumentación sus aseveraciones. El objetivo de nuestro escrito en cuestión, es simplemente mostrar como el sistema internacional tiene un papel de mayor peso en el proceso de creación y consolidación de un nuevo Estado-Nación que los mismos factores internos del nuevo actor internacional. Si para poder mostrar lo anteriormente expresado, es necesario tomar partido por un país determinado, que así sea. Al final de cuentas, lo que buscamos no es cambiar la percepción que podamos tener sobre un evento en específico, ya que nuestro fin es generar conclusiones generales sobre casos que se puedan repetir.

La Triple Alianza, formada por el todavía Imperio del Brasil, la Confederación Argentina y el Estado Oriental del Uruguay, vencieron absolutamente a su enemigo, la República del Paraguay. Los 4 estados eran de reciente creación, con mucha inestabilidad interna, únicamente Brasil se encontraba en relativa calma gracias a la mano de hierro utilizada por el Emperador Pedro II. Pero Paraguay, a diferencia del resto de los países de toda la América Latina, “era la única experiencia exitosa de desarrollo independiente” (Galeano, 1973) en el subcontinente. El gobierno paraguayo llevaba a cabo una fuerte política económica proteccionista, contraria al libre mercado pregonado por sus países vecinos, los cuáles dependían fuertemente de las inversiones de los empresarios británicos.

Sin embargo, el funcionamiento llevado a cabo en aquellos años del Estado Paraguayo no pudo mantenerse: después de ser derrotado militarmente por la Triple Alianza, y con un nueva clase política que aplicó los postulados libre cambistas al frente del gobierno, Paraguay abrió su mercado y se endeudó con el más poderoso imperio del siglo XIX: El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. A pesar de que desde su declaración de independencia, Paraguay había aplicado en su economía una marcada intervención estatal, el actuar de los países colindantes y las ambiciones del Imperio Británico provocaron una guerra en la que Paraguay perdió territorio y a 5/6 de su población. El joven Estado Paraguayo tuvo que ceder ante las presiones de la comunidad internacional.

Cuando Paraguay se independizó de la corona española en 1811, el mundo pasaba por una intensa etapa de cambios. España perdía influencia mundial aceleradamente, la Francia napoleónica dominaba a la Europa occidental, los Estados Unidos consolidaban su independencia y el espíritu independentista permeaba a todos los países del continente americano. Pero sobre todo, estaba en pleno apogeo el período histórico llamado “Revolución Industrial”, que tuvo como epicentro a Inglaterra. Gracias a ello, Inglaterra pudo despegar económicamente y llevarle años de ventaja al resto de los países del mundo tecnológicamente hablando. Su poder aumentó grandemente con el derrumbe del Imperio Francés, al obtener mayor libertad comercial y de esa manera, expandir su mercado a todos los confines de la tierra.

Mientras tanto, en América del Sur, los nuevos Estados tenían que recurrir al crédito extranjero para poder financiar la reconstrucción de su infraestructura, la cual había quedado devastada por la lucha de independencia. En los países colindantes al Río de la Plata, la situación no era diferente: caminos deshechos, edificios destruidos y una economía destrozada era el escenario en común. Para salir de esta situación, tanto Argentina como Brasil y Uruguay, solicitaron enormes préstamos al Reino Unido, y adoptaron el libre cambio como fundamento de su economía. Todo esto les generó dependencia con el capital inglés, quien era el único que tenía la capacidad de invertir en sus territorios, apropiándose de las materias primas de esos países. Al momento en que estos surgieron, el sistema internacional en el que se hallaron inmersos no tenía un mecanismo preciso para ayudar al desenvolvimiento de las naciones recién independizadas, por lo que el camino que tomaron parecía ser el único disponible.

Sin embargo, un país no tomó el mismo patrón. Al centro de Sudamérica, un territorio que no poseía salida al mar, pero que estaba conectado al Océano Atlántico a través de la unión del Río Paraná con el Río de la Plata, había optado por una vía distinta de desarrollo. Ese país era Paraguay. Basándose en la supuesta soberanía adquirida a partir de la independencia, el Estado paraguayo decidió utilizar sus potestades para ser dueño del 98% del territorio nacional y no permitir el libre tránsito de buques extranjeros en sus ríos. Además, expropió la mayoría de la industria y también los bienes de la Iglesia Católica, con lo que pudo crecer cuantitativa y cualitativamente superior a cualquier otro país de toda América.

Pero su actuación no era bien vista por sus vecinos; tanto Brasil como Argentina observaban con recelo el continuo desarrollo de Paraguay. Al momento de nacer estas naciones, la competencia entre ellas era intensa, de carácter casi irascible, por lo que los 2 países prohibían frecuentemente a los navíos paraguayos el tránsito por los ríos que cruzaban su territorio respectivamente. Nada ni nadie los podía hacer cambiar de opinión, ningún ente externo tenía esa facultad, a pesar de que sus acciones afectaban enormemente al Paraguay. Solo el Uruguay permitía que las mercancías paraguayas llegaran al Océano Atlántico cruzando las afluentes orientales del Río de La Plata.

Al ver que a pesar de las dificultades que enfrentaba, Paraguay mantenía su ritmo ascendente, al no tener deuda externa y una industrialización galopante, contraria a la economía extractiva de materias primas de sus vecinos, Inglaterra temió que su ejemplo se mirara con agrado entre los países que dominaba. Poco antes de la Guerra de la Triple Alianza, se desató la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, quien era el proveedor principal de algodón a las empresas inglesas. Ante esta situación, se buscó hacer contactos con el país que ocupaba el 2do lugar en producción algodonera, pero las negociaciones no fructificaron: dicho estado era Paraguay.
Un pequeño país rodeado de estados periféricos, cuya economía solo tenía el objetivo de enriquecer a la metrópolis, osaba rebelarse ante los deseos del Imperio Inglés. Ante dicha realidad, el Reino Unido no podía quedarse inmóvil, por lo que empezó a instigar a Paraguay a través de los futuros integrantes de la Triple Alianza para que abriera su economía y dejara de lado las medidas proteccionistas. Aunque joven, la República Paraguaya había tenido la fortaleza necesaria para soportar las presiones internacionales y seguir con su ruta independiente rumbo al desarrollo. Gracias a su aliado, el Uruguay, la economía paraguaya seguía creciendo y desarrollándose, por lo que a diferencia de los países colindantes a su territorio, Paraguay no tenía necesidad de comerciar con el gran Imperio Británico.
Dicha afrenta a su orgullo, no la dejó pasar Inglaterra: financió el derrocamiento del legítimo gobierno de Uruguay, así como la invasión del Imperio del Brasil al pequeño país costero. Al perder a su aliado, Paraguay estaría absolutamente bloqueado, lo que irremediablemente acabaría con su gran crecimiento. Como no había ninguna organización que pudiera alterar la decisión del Imperio Brasileño, pero sobre todo, como la anarquía del sistema internacional permitía al Reino Unido inmiscuirse en los asuntos de una región totalmente diferente a la suya, Paraguay solo tuvo una opción para poder mantener su independencia económica: declararle la guerra a Brasil y restituir al gobierno legítimo uruguayo.

Paraguay atacó al Brasil y se encaminó hacia Uruguay, pero para poder hacerlo tenía que atravesar una franja del territorio pampeño. Argentina le negó la autorización, por lo que la posibilidad de estar incomunicado se volvió un peligro real para la República Paraguaya. Ante esa situación, Paraguay también le declaró la guerra a Argentina. Lamentablemente, al estar en guerra con sus vecinos, Paraguay no pudo defender al Uruguay, que adoptó un nuevo gobierno de carácter servicial con Inglaterra y Brasil.

Finalmente, Paraguay perdió la guerra, y el desenlace fue terrorífico. El 90% de su población masculina adulta fue asesinada, perdió 160,000km2, y su incipiente industria destruida. Al mismo tiempo, Argentina, Brasil y Uruguay vieron destruidas sus ciudades, pero por lo menos los dos primeros incrementaron su territorio nacional con el despojo infligido a Paraguay. Quien resultó victorioso de la guerra fue el capital inglés: empresas británicas financiaron la guerra, y bancos del Reino Unido otorgaron empréstitos al ahora librecambista Estado Paraguayo. Con su territorio devastado, y con el peso de una enorme deuda externa, Paraguay quedó condenado a vivir en el subdesarrollo. El sistema internacional, dominado por Inglaterra, junto con sus aliados regionales, Argentina y Brasil, provocaron que el hasta entonces país más desarrollado de América, Paraguay, se convirtiera en una nación pobre y atrasada. La estructura del Sistema Internacional de mediados del Siglo XIX, encabezada por un Reino Unido imperialista, pesó más en la historia de la formación de Paraguay que su misma voluntad.

CONCLUSIÓN.

Definitivamente, el escenario al que se enfrentan las naciones de reciente formación y/o independencia, no es el más propicio para su desarrollo. Más allá de sus problemas internos, ya sean estos de carácter económico, político o social, el sistema internacional al que se integran parece estar diseñado para complicar aún más el proceso de estabilización y consolidación del nuevo proyecto nacional. Rivalidad con sus vecinos, ambiciones imperialistas de países más poderosos y la falta de una organización global fuerte que pueda coadyuvar a preservar su independencia, son dificultades incluso más difíciles de sortear que las asignaturas pendientes de cada Estado.

La Guerra de la Triple Alianza vs. Paraguay, es un claro ejemplo de lo anterior. Bajo el escenario de un continente no totalmente descolonizado, rodeado de un Brasil con claras intenciones expansionistas, un Uruguay desestabilizado y una Argentina que hace uso de una neutralidad más activa y provechosa que la militancia manifiesta, era cuestión de tiempo que sus diferencias escalaran hasta el peldaño del belicismo. Sumado al complicado escenario regional, la posición hegemónica del entonces Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda en toda la política internacional, pero particularmente entre los países limítrofes a la cuenca del Río de La Plata, se encontraba en franca contradicción con el deseo del Paraguay de no tener ningún vínculo tutelar con cualquier Estado ni mucho menos con un Imperio. Lamentablemente, es prácticamente imposible que una Entidad Soberana rodeada de Estados con vocación periférica pueda abstraerse del dinamismo económico regional, ya que el funcionamiento del sistema mundial termina imponiéndose a los deseos legítimos de soberanía económica de un país. El desenlace de la guerra y el posterior endeudamiento estratosférico de la República del Paraguay con el Imperio Británico prueban fehacientemente la declaración anterior.

Podríamos concluir esta breve disertación, afirmando que la continuidad de la existencia de los Estados de reciente creación (como el Paraguay de mediados del Siglo XIX), requiere de la mayor prudencia y habilidad política, al no existir alguna organización que pueda formalmente auxiliarlos en su objetivo de prevalecer, y al tener que negociar con las fuerzas mundiales hegemónicas.

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